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Posts Tagged ‘producción social del sentido’

Calentanos en Bogotá

En Bogotá se usa el término “calentano” para referirse a personas originarias de fuera de la Capital.  Pareciera, en primer lugar, que el término denota el origen de tierras bajas, tropicales, como los llanos orientales, el Tolima Grande, las sabanas del norte de Colombia, las cuencas del magdalena o del río Cauca, etc. que comparten el atributo del clima tórrido, no un ecosistema o una cultura particular.   He escuchado usarse el término para referirse incluso a personas originarias del eje cafetero y de la ciudad de Medellín, es decir, ambientes de montaña, de climas templados o tan frescos como los de Bogotá.  La diversidad de esos lugares de procedencia son tales que se podría decir que el atributo sémico más importante no sería la calidez del clima, sino el ser otro, no-bogotano.   

El opuesto semántico, los no-calentanos, serían los capitalinos, pero no se usa una palabra antónima, de contraste, para referirse descriptivamente a sí mismos como opuestos a los calentanos. Es decir, habría una suerte de naturalización del carácter cultural de las personas con el medio ambiente; el marcador semántico está sobre los calentanos, no sobre la propia identidad, lo cual sugiere que lo anormal, poco aceptable, negativo y vulgar es ser calentano y la naturalización del ser y del carácter está en el ser bogotano.  Esto no es más que expresión de un corriente etnocentrismo 

Sin embargo, lo que me ha llamado la atención es el arquetipo que subyace a los significados que emergen del uso del término en el discurso.  Los calentanos son erotizados, deseables: ligeros de ropas, no suelen usar abrigo (lo normal en un bogotano) y se broncean libremente de modo desprevenido; los varones se representan morenos, fuertes, musculosos y buenos amantes, aunque poco fiables;  las mujeres voluptuosas, atrevidas, exhibicionistas, seductoras y roba-maridos (“gusaneras”).  Ambos, deseables sexualmente, pero no para llevarles al matromonio.  El calentano, por otra parte, es ordinario, espontáneo, “in-culto”.  En otras palabras, es la simbolización del ambiguo sentimiento de terror y atracción por lo que está por fuera del orden cultural, lo natural, lo “salvaje”.  Un arquetipo rastreable en la oposición urbano/rural, nórdico/mediterraneo, rubio/moreno.  

El problema con el uso de estas categorías opuestas es que empiezan a hacer crisis para ordenar el mundo desde el significado, pues la ciudad se ha vuelto cosmopolita, habitada por migrantes e hijos de migrantes calentanos de todo el país; las calles están llenas de bogotanos que se visten, comen y hablan desparpajadamente como  calentanos sin serlo.  Entonces el adjetivo se resignifica como “estilo”,  como elección, como ejercicio de la autodeterminación y el albedrío, es decir, como arbitrario, no-natural;  puede ser ya un modo de bogotaneidad que infecta pero se hace identidad, que degrada pero se hace posibilidad de subjetivación alterna.

Bogotá se ha calentado y no por el fenómeno global del efecto invernadero, sino por que las identidades ya no sirven solo para segregar, sino para adaptarse a un mundo sin fronteras infranqueables, que no nos deja morir en el lugar en que enterramos nuestros ombligos.   

 

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Pluralismo jurídico y Derecho Mayor

Está idea de equiparar las formas de la moral cultural con un derecho consuetudinario, y llamarlo “derecho mayor”, está haciendo escuela cuando se habla de pluralismo jurídico con los pueblos originarios, nativos o indígenas.  Se presenta ese sistema de comportamiento regulado por la cultura como contraparte del derecho positivo de los Estados, aunque no esté regido por la lógica del código, de la ley formal.  Ambos se llaman “derecho”, y  podrían ser comparados, entrar en “diálogo” si el “pluralismo jurídico” se reconoce.

Pero llamar “derecho” a esas formas culturales es ya empaquetarlas, para su inteligibilidad, en la lógica de la normatividad jurídica occidental.  El “peligro” de ser así significadas (taxonomizadas) se “equilibra” con llamar a la normatividad y la moral cultural como “mayor”.  En esta contraposición, las formas tradicionales de las culturas nativas estarían en una suerte de primacía por ser más antiguas (mayores en edad) o por ser antológicamente mayores que la contraparte occidental.  Esto, además, refuerza el mito de la superioridad moral de los indígenas que, de entrada, es un modo de descalificar el valor de la contraparte occidental.
Algo está aquí mal, en el sentido de que no concuerda con la propuesta de la interculturalidad de significar al otro como igual pero diverso; y es que el reconocer la alteridad en su particularidad, partiendo de un juicio moral, decir que el derecho de uno sea mayor o menor que el del otro, introduce una frontera que dificulta la valoración prudencial de los contenidos que el otro presenta en el diálogo.
Ahora bien, la idea del derecho “mayor” como algo que trasciende la relatividad de la cultura, puede ser un poco más fértil para pensar.  Pero no parece hacerse referencia a eso tampoco, es decir, que el derecho mayor esté fundado en universales humanos, no continentes, no es lo que parece expresarse con el adjetivo “mayor”, pues éste califica al derecho de los pueblos indígenas, es decir, es relativo a su particularidad histórica, cultural, a su alteridad.
Pero si el Derecho Mayor lo es porque corresponde a una ética o a una moral previa al derecho formalizado, es decir, que es mayor por que precede a la legalidad y puede ser su fundamento, quizás sí sea un concepto que tenga sentido consistente con los propósitos del proyecto intercultural.  Los derechos son constructos históricos, es decir, no hay legislación que no haya sido formulada por fuera de las contingencias humanas de las luchas de poder.  Antes de su formulación hay un “deber ser” que busca reconocimiento en la lucha de un grupo social;  su legitimidad, o “bondad”, para tal grupo, no depende axiológicamente de que llegue a tener tal reconocimiento.  Se considera moralmente bueno aunque no sea legal. Ese “derecho”, que precede a la ley, es “mayor” que ella y se le propone al espacio de la lucha de poder, al espacio del diálogo intercultural, como algo que puede considerarse precisamente por su bondad.  Así pues, la aspiración, la demanda, el derecho que puede reconocimiento, puede ser mayor que la ley que construimos en el contexto de los Estados Multiculturales.