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Describir, nombrar y argumentar

No creo que haya un acto de habla descriptivo en el que, quien habla, no exprese también algún tipo de relación con aquello que describe. Dar nombres o atributos, el acto de clasificar, es ya construir un signo (signi-ficar) no para el objeto, sino para el tipo de interacción que se espera, de manera habitual, tener con él o para la relación que se interpreta existe entre un objeto y otro. Si digo de algo “”X es amargo”” se condicionan los juicios, las acciones en relación con ese ‘algo’ nombrado, lo haya probado o no, lo diga en sentido metafórico o no, lo diga para mentir o decir la verdad. En cierto modo, los sentidos posibles de la interacción con aquello nombrado – descrito han quedado limitados a los sentidos que nombra convencionalmente la categoría “amargo”. Si, además, el nombre es un signo que un interlocutor posible reconoce como orientador de sus relaciones con los objetos, entonces decirle a alguien que ‘”X es amargo”’ pone en circulación, en el acto comunicativo, un signo que puede producir relaciones probables (no solo las posibles) en el interlocutor que re-conoce ese signo. Así, al nombrar – describir, se ha influido en las posibles relaciones que un interlocutor puede tener con lo nombrado.
Así las cosas, nombrar y describir serían también actos de argumentación. En muchas oportunidades, una disputa se centra precisamente en la lucha de dos contrarios por lograr el reconocimiento del nombre que éste propone para un objeto o fenómeno: si optamos por llamar al grupo ‘Y “subversivo”’ o “‘narco-terrorista” o “beligerante”’ es mucho más que optar entre nombres equivalentes e intercambiables; se trata de ubicar, en cierta lógica de relaciones sociales y políticas, al grupo en cuestión. En el nombrar y describir se condensan, con formas simbólicas, verdaderos programas ideológicos de inter-acción social.
Podría decirse que el plano retórico de la significación-comunicación no puede ser despreciado ni siquiera en los actos comunicativos más elementales, pero ni siquiera en las funciones básicas de producción del sentido de un sujeto frente a su entorno. Aun cuando no haya mediación de palabra alguna, siempre se produce la semiosis imbuida en lo socio-cultural, en la disputa por el control de la orientación del sentido.

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