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Archive for 20 agosto 2014

la pedagogía de la novedad

El extrañamiento ante la experiencia de la novedad, esa que no encuentra fácilmente un lugar para clasificarla, una análoga en la experiencia previa, es un camino muy usual para despertar la curiosidad en espacios pedagógicos, propociar la formulación de preguntas, etc.  Sin embargo, por sí mismo, no  garantiza que se despierte el espíritu investigativo.  Puedo tener la experiencia de lo nuevo (en el zoológico un niño ve un animal que nunca antes había conocido) pero no hacerme preguntas acerca de ese hecho, ni sentir el propio extrañamiento como un problema a resolver.  Lo que lo extraño debería ayudar a activar es la insatisfacción de las respuestas generales y abarcantes que nos llenan y que no sirven para darle sentido a lo nuevo ¿Por qué lo hacen con lo familiar?  Esto quiere decir que esas respuestas son parciales, revisables, cuestionables, “falseables” como piden Kuhn y Popper. Es decir, lo extraño debe cuestionar por qué lo familiar no nos extraña, o por qué la explicación de lo normal y ordinario es insuficiente… es decir, el extrañamiento debería hacer que nos volcáramos sobre nuestras seguridades y desestabilizarlas.  Pero eso puede no suceder, pues lo extraño, lo nuevo, lo inclasificable puede no ser de inter-es, es decir, puede ser un algo cuya experiencia no se prevée llegue a tener alguna significación en la construccion de la perspectiva del sujeto, es decir, en su cosmovisión, en su modo de entender el mundo que le es habitual, en su identidad.

¿Cómo hacer que la experiencia de lo nuevo promueva ese espíritu de curiosidad, investigación, escepticismo e inconformidad? Ligando la experiencia a la necesidad de resolver un problema que tenga que ver con la continuidad misma de la perspectiva del sujeto.

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¿y eso?

Tengo que admitir que hay algo que me fascina en los signos lingüísticos de simple función fática, o conectiva, la de mantener la conversación, promover su continuidad, mostrar el interés del interlocutor, etc.  Quizás tiene que ver con el hecho de que muchos de ellos, como el del título de esta entrada, tienen en sus implicaciones semánticas una riqueza enorme que es  “simuladamente desechada” ,  es decir, sucede que se desprovee al signo de esas implicaciones, para que no sean ellas las que se signifiquen, sino que prima la simple llamada a la conexión comunicativa;  pero algo de la fuerza de esa significación obviada se mantiene latente,  como si se dijera “esto ya no significa aquello, pero puede llegar a hacerlo, téngalo presente por que también lo estoy diciendo”.

En “¿y eso?”  hay una exigencia de ampliación de información. El hecho, el estado de cosas que se ha significado en la charla puede aceptarse como tal, pero, quien “pregunta”, requiere de algo más que la evidencia de lo que es: quiere saber de causas y contexto, de consecuencias e implicaciones. ¡ Lo que me llama la atención es la fuerza de la exigencia!  Es un indicio de apelar a una regla de la comunicación.

He hecho el experimento de responder “así es”, es decir, negarme a dar más explicaciones y volver a presentar el hecho. La reacción de mi interlocutor es representarse mi enunciado como grosero, patán y agresivo.  Es decir, hay una cierta conciencia de que, por mi negativa a ampliar la descripción del hecho,  una regla de la comunicación ha sido rota .  No responder es decir: “no tiene usted derecho a pedir más explicación: acepte lo que le digo” o bien “no estoy obligado a responderle”;  y resulta que mi interlocutor se cree con derecho y supone mi obligación.  Si esto no es un indicio de que he roto la regla de la necesaria información, no sé como más podría verse algo así.

Esta partícula fática, como muchas otras, revela que, en la ética de la comunicación, si uno de los interlocutores muestra interés por comprender mejor el hecho expuesto, está en su derecho de ser satisfecho,  y, el otro en la obligación de darle las  razones que demanda; esta demanda – satisfacción no se da en el marco de una relación de poder, leerlo así es precisamente la patanería;  más bien,  precisamente por que la acción comunicativa no puede darse sino en el propósito mutuo de la comprensión, independientemente del lugar de poder  de quien tiene un dato, no ofrecerlo es hacer gala de tal lugar de poder.  Si lo niega, si se  aferra a la propiedad exclusiva de la información, si no la hace asequible a los que participan en el diálogo, entonces se ha pasado a la postura de la comunicación estratégica, y esto, de inmediato, rompe la posibilidad de entendimiento y consenso…