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La duración de las estructuras sociales

Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol:

un tiempo para nacer y un tiempo para morir,

un tiempo para plantar y un tiempo para arrancarlo plantado;

un tiempo para buscar y un tiempo para perder,

un tiempo para guardar y un tiempo para tirar (…)

Eclesiastes Cap 3

1.             El epígrafe que he tomado del libro del Eclesiastés ha sido usado en el mundo cristiano para consolar y dar esperanza, para fortalecer la paciencia en la adversidad, para significar que los sucesos de la vida son pasajeros, en contraste con las cosas divinas, trascendentales, que no dependen del deleznable devenir de la acción humana.  En la versión de Santa Teresa de Ávila “nada te turbe, nada te espante/ todo se pasa, Dios no se muda/ la paciencia todo lo alcanza;/ quien a Dios tiene/ nada le falta:/Sólo Dios basta” también parece que la fugacidad de la experiencia humana, su movilidad, deja de generar in-quietud en el pensamiento cuando se contempla la inmutabilidad de Dios.   Esta mirada negativa a lo pasajero, a lo azaroso y contingente, pareciera estar aún en el proyecto científico.  La banalidad de detenerse en describir el caso no se compara con la trascendencia de formular un modelo. La crónica periodística debería quedarse con la tarea de registrar lo que es noticia, precisamente por atípico, pero que resulta irrelevante para quien contempla “lo que no se muda”, es decir, para la mirada científica.

2.             Braudel (2006) parece debatirse entre la nostalgia y el deseo, entre la frustración y el proyecto aún posible, de hacer que las ciencias sociales sean nomotéticas o matematizables.  La aspiración a que la comprensión científica de lo social sea un propósito de convergencia interdisciplinar entre sociólogos, historiadores economistas, geógrafos y antropólogos, se habría de expresar en la capacidad de formular modelos que describan y expliquen los hechos sociales desde la serenidad de las de estructuras, o desde la identificación de los procesos históricos de larga duración, o de la “reducción al espacio”; estas tres salidas tendrían, igualmente, el efecto tranquilizante de ver la armonía de un eco-sistema humano que se auto-reproduce en sus entropías, donde lo cotidiano, lo particular, lo no irreductible a la explicación del modelo, no afecte la ley formulada… que sean algo así como las válvulas de escape que confirman la entropía del engranaje social… “nada te turbe, nada te espante”… Braudel  reconoce el mérito de Marx, menos en la validez de su explicación del mecanismo del devenir histórico y sí en que “fue el primero en fabricar verdaderos modelos sociales  y a partir de la larga duración histórica” (2006, 33).  Esta idealización del modelo general, la desconfianza por una historiografía que registre casos y plantee cadenas causales, se parece a la que en el estudio del lenguaje desestima los accidentes del habla y se concentra en describir las estructuras de la lengua.  La metáfora aparece en el texto de Braudel en repetidas ocasiones.

3.             Pero el peligro de buscar el modelo explicativo general, desde el cual el caso no sea sino una expresión del programa estructural, tiene  el grave peligro de homogeneizar lo que empíricamente es diverso.   El caso que Mohanty (2008) denuncia es el de la construcción  discursiva estereotipadora de la mujer del tercer mundo “léase: ignorante, pobre, sin educación, limitada por las tradiciones, domesticada, restringida a la familia, víctima” (2008, 5). Aun que construido muchas veces por feministas norteamericanas, que viven  también la experiencia multifactorial de lo que significa ser mujer en el primer mundo, el modelo con que se relata la condición femenina del tercer mundo desconoce la multiplicidad de experiencias del ser mujer.  Víctimas de un sistema de poder masculino, aparecen como si tal condición operara sobre un grupo social que pre-existe al mismo, o como si tal sistema opresivo las construyera como sujeto social con un interés común, que las hace “solidarias en la lucha”. Mohanty, al mostrar tal estereotipamiento en la literatura feminista, pretende “desenmascarar la forma en que el universalismo etnocéntrico produce el análisis” (2008, 4) e impide ver que los sistemas  se fracturan, que dejan fisuras para que ellos se recreen y transformen produciendo relatos de vida que no caben en el patrón.

4.             Rosaldo (1989) pareciera ir en sentido semejante al advertir contra los peligros del modelo nomotético: encuentra en aquellas prácticas cotidianas que no obedecen a estrictas reglas sociales son las que dan sentido a la experiencia humana.  Para él, lo no planeado, lo que se va dando como accidental y como ajuste “procesual” al devenir, permite dar cuenta de que en el ámbito social no seguimos programas cibernéticos, tal como Geertz concebía que opera la cultura.  Si bien la humanidad estaría “incompleta” biológicamente, en términos de que sus patrones de acción no están fijados en el código genético y debe ser aprendidos, la sociedad y la cultura no se constituyen en sistemas de control mecánicos que se imponen fatalmente para suplir tal incompletitud. Rosaldo retoma del Geógrafo Sauer la comprensión procesual y dinámica de los ecosistemas, que nunca pueden ser descritos como comunidades “finales o estables” (1989, 101), como sistemas cerrados por tanto, los estados descriptibles de un grupo social en el presente serían una transformación de un estado anterior diverso, y el punto de partida para una configuración nueva en el futuro.  La anomia contra la que Durkheim plantea que las instituciones sociales se imponen, no podría ser vista como opuesta y externa al orden social, más bien, la erupción del caos y la violencia harían parte del orden social en tanto permiten su dinamización, es decir, al transformar las cosas, garantiza la continuidad en el largo plazo del sistema social.

5.             Por su parte, Turner (1974) también advierte acerca de la importancia de los espacios y momentos liminares que las culturas se permiten, institucionalizándolo en el ritual de paso, por ejemplo, y que fracturan la posibilidad de pensar que los ritmos de la convivencia social deban darse uniformes, programáticos.  El momento de crisis representado, dramatizado, narrado en el mito, permite comprender que los ordenes sociales deben permitirse la flexibilidad para ser estables, y que, por tanto, comprenderlos como sistemas cerrados sería un error.

 

Referencias:

  • Turner, Victor. (1974). Preface: “Social dramas and ritual metaphors” En: Symbolic Action in Human Society. Ithaca: Cornell University, pp. 13-19.
  • Braudel, Fernand. (2006). “La larga duración”. Revista Académica de Relaciones Internacionales 5, noviembre. (36 pp.).
  • Rosaldo, Renato. (1989). “Poniendo en marcha la cultura”. “Análisis de la narrativa”. En: Cultura y Verdad. Nueva propuesta de análisis social. Barcelona: Grijalbo, pp. 91-106; 126-136.
  • Mohanty, Chandra Talpade. (2008) [1991]. “Bajo los ojos de occidente. Academia Feminista y discurso colonial”. En Liliana Suárez Návaz,y Rosalva Aída Hernández, eds., Descolonizando el feminismo. Valencia: Universidad de Valencia, pp. 117-164.
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Categorías:antropología, filosofia
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