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EL GÉNERO ¿UN CAMPO SOCIAL?


1.             Si hay algo de lo debería partirse para abordar los asuntos de género, sería comprender que se trata de hechos sociales, constructos interactivos entre lo biológico, lo psicológico y lo social.  En este sentido, habría que comprender el hecho social del género como no-sustancial, sino como producción relacional. Esto me lleva a formularme una serie de interrogantes acerca de la naturaleza de tal construcción en el marco de la teoría de lo social de Boudieu:  ¿El género podría llegar a constituirse en un campo social en sí mismo, más que una variable instrumental en los campos de la economía y de las clases sociales? ¿En qué sentido se configuraría un “capital” en el campo del género?  ¿Cuáles las posiciones de poder en disputa en tal campo?

2.             Para pensar estas preguntas, la perspectiva analítica de Bourdieu acerca del “campo social”, permite reconocer que los hechos configuran un espacio social desde la disputa de actores sociales por lugares de poder en tal espacio.  Los particulares tipos de capital económico y simbólico en disputa, y los lugares de control de los mismos, constituyen las relaciones que configuran un campo social.  Ahora bien, en un campo social no podrían separarse como ámbitos discretos el poderes simbólico y el económico, las representaciones de las instituciones ni estas de las corrientes sociales.  En este sentido conviene asumir que las identidades sociales de los agentes de un campo (raza, clase, género, etc.) son múltiples, complejas y construidas por tal interacción; por tanto, no se definen en ámbitos independientes, sino por la lucha simultanea por el poder de los capitales económicos y simbólicos en juego.  Por ejemplo, no podría haber una “identidad de clase” sin marca de género, ni viceversa.

3.             Una mirada antropológica, holística, ha descrito las identidades de género en culturas no-estatales desde variables como la división del trabajo, lo que, en la tradición de las ciencias sociales, constituiría a este tipo de relaciones en una dimensión fundamental para entender el género como constructo social. En gran medida, el género sería un subsistema de reglas de acción para la distinción de la articulación del individuo en la producción económica. Las tareas productivas asociadas al gran reparto por edad y género en sociedades agrarias, pastoriles y de cazadores y recolectores, ha mostrado que las categorías tienen una cierta funcionalidad como división del trabajo, como una especialización que garantiza la eficacia en el cumplimiento de tareas, es decir, en la economía de los recursos. En este tipo de sociedades, la división sexual del trabajo se hace fundamental en la distinción de géneros.  Caza/recolección, pastoreo/horticultura, trabajo remunerado/trabajo no remunerado pueden ser pares de oposiciones en la participación por género en el sistema productivo.  El tabú de la participación de un grupo en los oficios del otro, el género se significa como mecanismo funcional para favorecer la especialización (“los hombres en la cocina huelen a…”,  la prohibición a la mujer de participar en la cacería, etc.).   Una interpretación de esta dicotomía de espacios controlados por uno u otro género ha reconocido a lo masculino en el ámbito de la producción económica, opuesto a lo femenino, ligado al ámbito de la reproducción de las unidades familiares.   Pero ambos  espacios, ambas posiciones en el sistema social, se configuran una a la otra; una no sería posibles sin su contraparte.  En este sentido sería innecesario traducir a valor monetario, propio del trabajo remunerado, la labor doméstica como condición para que ésta tenga valor social.  El valor de lo femenino no puede darse sólo en términos de su equiparamiento con el de lo masculino.   Aquí ya hay una pista para pensar  que el valor simbólico de cada género es un capital inexpropiable por las lógicas del espacio de dominación del otro.  Las fronteras que la categoría de género establece, aun cuando instrumentalizadas para la dominación de un género por el otro, delimitan espacios para la valoración de un cierto capital económico y simbólico en una lógica independiente a la de su contraparte.

4.             Con el paso a economías de mercado, tal repartición se torna más difusa y, quizás,  menos necesaria para los intereses del capital, es decir, para la reproducción misma del sistema social.  La especialización puede asignarse más eficazmente por otros marcadores sociales de identidad,  como el nivel educativo y la capacitación especializada, la ubicación espacial del grupo al que se pertenece (como en las maquilas del tercer mundo), la clase social u otras.  La prohibición legal del trabajo infantil, en la mayoría de los Estados modernos, ya constituye un impedimento para usar tal categoría para la explotación económica.  La oposición masculino = trabajo remunerado / femenino = trabajo no remunerado se hace insostenible cuando los ingresos monetarios de una unidad  familiar no pueden solventar los egresos fijos y se requiere de que más miembros participen en actividades remuneradas.  La distinción de esta función ligada a un género es, por demás, inconveniente.  Por otra parte, también se hace más insostenible que la esfera de lo público sea el espacio de la hegemonía masculina, en la que los varones capitalizan los recursos económico y simbólicos en disputa, y la privada el espacio de la prevalencia femenina.   El acceso femenino a espacios públicos, el posicionamiento de la perspectiva femenina como un fuerte agente de orden político, diluye la exclusividad de la dominación masculina en lo público y deja de haber una identificación directa entre ellos.   La exigencia cultural cada vez más fuerte para que, en el espacio privado, los varones contribuyan a garantizar la reproductibilidad del espacio familiar, afectivo e íntimo, también diluye el que este ámbito sea de dominio femenino.  ¿Qué queda, entonces, de capital simbólico y económico identificable como constitutivo del campo del género, como distinto de otros campos? ¿Tiene la distinción de géneros que seguirse centrando en la repartición del trabajo como la antropología lo mostró en tantas culturas?

5.              Que la repartición del modo de participar en el sistema productivo de acuerdo con el género se corresponda con un sistema de poder y de dominación es un asunto que se integra al anterior, no como un nivel superior o emergente de aquel, sino interactivo e interdependiente, pero analíticamente conviene distinguirlos.  La legitimidad asumida para las asimetrías, la sujeción y la explotación suele aprovechar discursos que naturalizan estas relaciones en la representación cultural.  Así, sexo y la edad, la raza y la pertenencia a un grupo étnico, han sido instrumentalizados en las representaciones sociales como condiciones naturales pre-existentes al ejercicio de la dominación y justificatorias de las mismas.   Que la participación laboral en el sistema capitalista industrial vaya siendo menos determinada por el marcador de género (no totalmente aún, por supuesto) explica que emerja con mayor claridad su comprensión como un instrumento de dominación y explotación, y no un determinismo natural.

 

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Categorías:antropología
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