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DISGRESIONES EN TORNO A LA ESTÉTICA Y LA ÉTICA EN LA MODERNIDAD

  1. Una mujer en un barrio popular de Cali visita a su vecina; se percata de que el florero blanco de cerámica, que ha ocupado por años el centro de la mesa, tiene ahora unas flores nuevas. Las alaba: “Qué flores tan bonitas ¿Son artificiales?”.  La “belleza” de la flor de plástico estaría dada por su carácter de objeto fabricado por el hombre.  El ingenio humano, que es capaz de reproducir las formas de la naturaleza y de suplantar lo emulado, causa mayor admiración estética, mayor placer que la contemplación posible de lo no-arti-ficial.  Es la celebración del triunfo de “lo cultural” sobre “lo natural”, del orden que la razón puede imponer al orden de la naturaleza para superarla.  El que sean producto de alguna industria humana es lo que le da su carácter de belleza a las flores de plástico.  Alguien que siente y piensa así, como esta mujer maravillada por la flor de plástico, no podría comprender la estética Zen.  Esta es, en cambio, la estética de la modernidad occidental.
  2. Esta estética moderna se admira tanto ante un tren de levitación magnética como ante las imágenes tridimensionales en el cine digital, ante los “textiles inteligentes” como ante el canal de Panamá.  El progreso tecnológico no sólo adquiere valor por ofrecer algo útil, o conveniente, sino porque en sí es bello.  En está lógica no resulta quimérica la travesía del barco de Fitzcarraldo tumbando selvas y matando indios para vencer la fuerza milenaria de la amazonía.  Tampoco que José Arcadio Buendía quiera usar su máquina de hielo para convertir a Macondo en una fresca ciudad de espejos.  Estos no son delirios de la sinrazón, por el contrario, son la celebración de la razón, cuya fascinación estética toma cuerpo en estas imágenes cinematográficas y literarias.  El deseo de estos logros, hechos posibles en el mundo de la ficción literaria, expresan la tragedia de que estos deseos han calado el inconsciente de la modernidad occidental.  Es más, es por esta suerte de nuevo valor estético de la lógica moderna que se le puede transferir cierto valor de  preferibilidad moral a todo aquello que garantice el avance de las tropas que implantan la razón occidental sobre el mundo incivilizado.  Que la ingeniería y el inagotable chorro de petrodólares puedan transformar un sucio puerto árabe del golfo pérsico en una ciudad de fantasías tecnológicas resulta algo que “hay que ver antes de morir”.  Que mueran miles de hombres y mujeres construyendo el canal de Panamá resulta un duro sacrificio para que el progreso de la humanidad no se detenga.  Y así mismo pueden ser significados el desplazamiento de los embera en el río Sinú para construir la represa de Urrá, o el de los negros de Tumaco para que los palmicultores conviertan las selvas en promisorias extensiones de una tierra que mane aceite y miel.  Es cierto: resultan más bellas las flores de plástico. Los sueños de la razón producen monstruos… ¡pero son tan bellos!
  3. El “aura” que Benjamin atribuía a la experiencia contemplativa del mundo, el “valor de culto” de la experiencia estética ante una obra de arte “auténtica”, se desvirtúa de alguna manera en las obras reproducidas en serie.  Pasan a regirse por otras lógicas: la del placer del entretenimiento (Amusement) y la del gozo que genera el triunfo de la razón y la cultura.  El puro placer estético del arte por el arte es algo que ya no cabe en esta lógica.  Pero la experiencia estética permanece: se transmuta en la fascinación por el ingenio industrial humano.  Esa es la conmoción estética moderna en la que se condensan y concretan algunas de las promesas de la modernidad:  El triunfo de la razón y su democratización.   Las maravillas de la ciencia y la tecnología, convertidas en mercancía, en objeto hecho para el consumo masivo, tienen la virtud de “democratizar la asequibilidad” a los productos del ingenio racional humano.   Esto es un “beneficio” moral y estéticamente preferible.  Los productos hechos en serie, sean de la industria cultural o de la electrónica, serán los mismos en manos del aristócrata, del pequeñoburgués o del proletario. Y en ello hay algo de valor de culto, de valor estético en tanto entrañaría algo de libertario.   Pero esta ilusión de democracia se descubre falaz, por cuanto no sería esquivo encontrar evidencia de que el acceso a tales bienes no es equitativo, que su disponibilidad en el mercado no implica que todos puedan tenerlos.  Pero si se supone que así es, si coinciden en los mismos objetos de deseo el expoliado y del expoliador, el obrero y el capitalista industrial, el colonizado y el colonizador, entonces nos sentimos todos “modernos”, miembros del mismo y único mercado globalizado en el que todo puede ser de todos, en el que nuestros deseos creados nos hermanan.
  4. La contrapartida de esta estética moderna es su ética.  Dussel identifica en la modernidad occidental un mito, el de que la modernidad sólo es posible gracias a un gesto violento, a una relación de colonialismo-explotacion legitimada como natural y deseable.   Este mito entraña la tragedia de que el hermanamiento en un solo sistema-mundo moderno, donde todos compartamos el mismo deseo, implica que víctimas y victimarios no reconozcan cada uno su condición:   las víctimas de tal relación asimétrica  interiorizan la culpa de ser víctimas (eso que lleva a Fausta, el personaje central del film “La Teta asustada”, a castigar su cuerpo para hacerlo indeseable, “asqueroso para los asquerosos”); por su parte, el colonizador, el perpetrador, considera su acción avasallante como un derecho moral, como una acción benévola para con su víctima, como un deber para con los incivilizados que deben ser integrados.  En su crítica al relato y el mito de la modernidad, Dussel considera la posibilidad de un  proyecto de trans-modernidad que sería “una co-realización de lo imposible para la sola Modernidad: es decir, es co-realización de solidaridad, que hemos llamado analéctica, del centro/periferia, mujer/varón, diversas razas, diversas etnias, diversas clases, Humanidad/Tierra, Cultura ocidental/Culturas del mundo periférico ex-colonial, etcétera: no por pura negación, sino por “incorporación” desde la Alteridad” (Dussel, 1999: 50).  Pero esta posibilidad implicaría salir de una trampa subyacente al mito, a una  fuente mucho más profunda que el proyecto de la modernidad occidental gestado en los capitalismos mercantil e industrial: la idea de que la historia es lineal.
  5. Este es un principio fundante de la teoría judeocristiana de la historia.  De ella deviene que “al final todos seremos uno”, que la distinción entre los pueblos y las clases, entre ricos y pobres, entre varones y mujeres, es transitoria y debe ser superada por la homogeneización que el juez supremo dará al final. Y que, por tanto, es deseable anticipar tal homogeneidad escatológica pero bajo el molde del poder hegemónico.  De la historia lineal deviene que la acumulación continua no sólo sea posible, sino necesaria (sea de riqueza, conocimiento, extensión territorial, poder, santidad, etc.).  Del avance lineal, incontenible, permanentemente mejorable, deviene también que los objetos no puedan permanecer los mismos, han de tener  upgrades “versiones mejoradas”  de lo mismo.  El esnobismo  de tener lo nuevo, de hacerlo todo nuevo (incluso al “hombre nuevo”) adquiere un valor positivo que en el capitalismo moderno se exacerba. Es el motor mismo del consumismo capitalista. La permanencia de las tradiciones que no apuntan a ese fin último de la historia, a esa re-novación perpetua, se hace sospechosa.  Constituye un freno para la novedad, es decir, un obstáculo a que la fraternidad no se concrete en la misma historia.  por este paradigma, la interculturalidad es imposible.  En el mundo del arte la regla que expresa este paradigma es la de que  un artista debe encontrar su propio lenguaje, crearlo;  en ello entraña su valor en el mercado del mundo del arte.  Quien no lo hace repite, sigue a otro, y ello no le da el halo de genialidad, de sujeto moderno de individuo que se exalta en el acto creador, en el “hacer una novedad”.
  6. (…)

Referencias:

Dussel, Enrique (1999) Posmodernidad y transmodernidad: diálogos con la filosofía de Gianni Vattimo. México: Universidad Iberoamericana

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