CUCURUTEANDO

(Julio Cabrales y Carlos Enrique Pérez)

“La historia es lo que yo recuerdo y otro lee”

Mempo Giardinelli, Santo Oficio de la Memoria

“Yo creo que la fotografía de un individuo o colectivo siempre será una invitación a la reflexión sobre el estado existencial del instante vivido” – Cristian Boltanski

El  culto, un altar, la historia de muchas historias, los lazos, la familia de las familias, la resistencia a perder la memoria y la memoria perdida.

Efraín sacaba de su baúl el hisopo y Mercedes alistaba el balde en el que la cal se preparaba con agua para pintar las paredes de bahareque, para protegerlas un año más del paso del tiempo; paradoja: dejaban sobre los muros, una huella más del paso del tiempo, una capa más en la corteza del rancho que, como los árboles vivos, se ensanchaba al cubrir las cicatrices de los años.  Mis abuelos blanqueban su casa, la blindaban con un empaste blanco para aportar en ella a la construcción de esta sociedad; allí nos dieron vida a los que hoy somos sus descendientes: los Durán, los Yepez, los Quintero, los Sánchez, los Picón, los Rizo, etc.  Cada familia de Río de Oro (Cesar) y la provincia repetía este mismo ejercicio de impermeabilizar estas casas de bareque y tapia pisada.  un bosque de ranchos blanqueados, ensanchándose con capas de pintura, dejando en cada una de ellas huella y memoria.

Los Durán construían con la palabra lo que también hacían en los muros: La memoria y el recuerdo.  Las charlas en torno al café de las 4 de la tarde eran el escenario, cuando hermanos y nietos, tíos y amigos se reunían a componer esta memoria que, como las paredes cubiertas de cal, se descarapela y hace visible las nostalgias. Palabra y pintura, memorias y olvidos, pintar y descascarar para entretejer la historia con recuerdos y silencios.  Esta propuesta es un viaje a la memoria local, una memoria  empañada, cubierta de capas que retiramos en el instante que observamos las fotografías tomadas para inmortalizar un instante, un hecho, un evento que es revivido con los recuerdos del otro.

Cucurutear es una expresión usada en Río de oro para decir hurgar, remover, buscar.  Para mí es la necesidad de recorrer en una obra los caminos que se mantienen presentes a través de la cal.  Caminos y viajes, momentos y eternidades que las paredes absorbieron al ser testigos de nuestras vidas y que, como polvo de mariposas, nos unta cada vez que recorremos aposentos y corredores.  Rasguñando la pintura de las paredes, quedamos nuevamente marcados por la historia que nos engendró y la continuamos.  Es  no permitir  que, como bolas de naftalina, nuestros recuerdos se evaporen a la intemperie, es hacer que los estos recuerdos grabados sobre cal reaparezcan  surcando mapas, carreteras, caminos de esta geografía que cada uno construye para armar un mapa donde todos hacemos parte.

Es un culto  a la memoria, esta memoria familiar para reconstruir y evocar el hogar, la casa donde convergen los abuelos, los tíos, los primos los amigos y nosotros mismos, un espejo de cal donde nos reflejamos en escarapeladas capas de blanco, para entender y aceptar los cambios venideros.

La obra enciende la lámpara de la memoria en el ahora, en el instante, para que su reflejo nos permita circular sin perdernos ni tropezar en el ahora y no caer en los brazos del olvido.

Es la historia del artista frente a futuros cambios familiares, es la memoria la que me despierta en las noches lejos de aquella casa. Son ellos, los abuelos, los que molestan en cada viaje al sueño para decirme e implorarme que sacuda las camas, que abra los baúles y deje salir el olor a naftalina.

La cal es como ungüento, crema protectora y cicatrizante; el grabado como técnica que me permite reproducir una imagen cuantas veces quiera, como memoria que se explota y como esquirlas que activan los recuerdos del otro y los mios.  Grabar la fotografía, adherir, marcar, sellar, y la naftalina como ingrediente mágico y simbólico que con su olor nos acompaña  en este viaje al ayer, cucurutean a implantan la memoria.

Aún hoy en algunas casas de Río de Oro se realiza este oficio anual de pintar con cal las fachadas e interiores de las casas para cubrir, proteger, mantener y hacer visible la memoria de los abuelos.  Es hacer crecer, a punta de capas de blanco descascarable y cicatrizable, el árbol genealógico del cual descendemos. Esta es, precisamente, la memoria que me hace entender a muchos.

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  1. Aún no hay comentarios.
  1. febrero 1, 2011 en 5:05 pm

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