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USAR LA CULTURA

`When I use a word,’ Humpty Dumpty said, in rather a scornful tone, `it means just what I choose it to mean — neither more nor less.’

`The question is,’ said Alice, `whether you can make words mean so many different things.’

`The question is,’ said Humpty Dumpty, `which is to be master — that’s all.’

Carroll, Lewis, Through the Looking Glass, Cap. VI

  1. A la antropología no deja de pulsarla por dentro el deseo de ser reconocida como una disciplina con un objeto de estudio preciso.  ¿Cómo explicar qué es la antropología si no se puede nombrar su objeto como distinto al de otros campos del saber? ¿Qué fenómenos querrá conocer y cuáles querrá explicar? Si hay que hacerle justicia al nombre de ἄνθρωπος,  el candidato obvio para definir tal objeto sería “el hombre”; pero tal proyecto holístico resulta tan vasto que no cabe más que sentirlo como pedante y pretencioso.  El otro candidato para ser el objeto de “la ciencia del señor Tylor” es la cultura, pero ésta resulta ser una palabra tan ambigua, tan cargada de conceptos disímiles en su uso, que la antropología no puede ganar mucha seguridad en sí misma al presentarse como la que estudia ese fenómeno.  La ansiedad que genera esta dificultad para reconocerse como “la disciplina que estudia la cultura” no deviene de una falta de identidad[1], sino de una identificación fallida, pues la imagen de identificación no logra nunca decantarse; es tan móvil y relativa que el antropólogo se despliega ansioso, psicasténico quizás, en intentos por delimitar el objeto de su disciplina;  así, hay tantas definiciones de cultura como escuelas ha habido en la tradición antropológica.  Aquí no se pretenderá una más.  Más bien, siguiendo la máxima wittgeinsteiniana de que “el significado es el uso”, y abandonando la misión quimérica de buscar entes cuya esencia no dependa de la mirada de quien los nombra, se dirá algo acerca de algunos usos de la cultura en las Ciencias Sociales.
  2. Buscar “La Cultura”, con mayúsculas, el concepto general y metafísico, resulta inútil.  Lo experienciable es la cultura particular (CP).  Como diría Geertz, “llegar a ser humano es llegar a ser un individuo y llegamos a ser individuos guiados por esquemas culturales (…) y [ellos] son no generales sino específicos (…) el hombre no puede ser definido solamente por sus aptitudes innatas (…) ni solamente por sus modos de conducta efectivos (…) sino por el vínculo entre ambas esferas” (2003: 57). Ahora bien, ¿tal experiencia de CP es posible describirla como unidad discreta? (Barth, 1976: 9) si fuese así, implicaría que podría entenderse como un sistema coherente y autocontenido, con descriptores rígidos que la permitan clasificar y catalogar, convertirla en colecciones y etnografías para ubicar en museos etnológicos y bibliotecas.  Pensar así estos objetos, construirlos con tal esmero, disectarlos y preservarlos de la corrupción por la gracia de la taxonomía positivista, ha estado detrás de las antropologías y arqueologías de rescate, que han documentado en Colombia y el mundo entero las prácticas de estas “estirpes condenadas a la soledad, sin una segunda oportunidad sobre la tierra”.  Y han guardado la “memoria” la multiplicidad, de la “riqueza cultural” de la nación, desde los minuciosos orfebres quimbayas del siglo X hasta las ruidosas “tribus urbanas” del ska y el punk del XXI. El antropólogo como amanuense que registra el esplendor de un pueblo antes de su desaparición, a veces se queda, sin embargo, habiendo vaticinado una muerte que nunca sucedió.  Estos pueblos, reinventándose, se resisten a morir, a ser iguales que los dueños del poder, a ser iguales a sus propios ancestros, y también a ser distintos de unos y otros.
  3. Pero la CP es sólo una de las dimensiones de la identificación, descripción y explicación del comportamiento de un sujeto o de un grupo social. Es sólo uno de tantos modelos posibles. Así, ser mujer, afrodescenciente, pobre, analfabeta funcional, originaria de Iscuandé, migrante en Cali, madre soltera, portadora de VIH, son todos descriptores identitarios. ¿Cuál de ellos es cultural y cuál no? ¿Con qué criterio decir que uno no lo es?  La ilusión de haber construido un objeto estable, descriptible disciplinarmente para el anaquel, entra en crisis ante la siempre clara evidencia de que las miradas posibles sobre las CP cambian, como también ellas lo hacen: se transforman por su dinamismo interno, por la interacción con otros grupos sociales o por la disolución de sus frágiles entropías. Decir la CP, y tener prácticas culturales, pasa ahora por permitirle al texto en el que ello se dice mudar de estante en estante: vestirse de literatura, estudios de género, economía política, antropología, propaganda política o género musical…
  4. Las CP hechas objeto, transmutadas en textos académicos, en objetos visitables con un guión museográfico, visibles en el documental cinematográfico, audibles en una compilación de “cantos tradicionales”, han podido circular como productos en las sociedades del mercado global.  Pueden convertirse en recurso, como nos lo ha mostrado Yúdice (2002), y adquirir el estatuto de “patrimonio”. Como producto y patrimonio, sus usos van desde otorgar un “valor agregado” a la comercialización de un “café de origen” hasta la configuración de un capital simbólico que permita cohesionar grupos y movilizarlos en torno a causas reivindicativas.  Las CP, así, son capaces ya no sólo de ordenar la interacción social de los miembros de un grupo cultural, y encontrar en ello su “valor patrimonial intangible”, sino que son sistemas capaces de “generar contenidos” que resultan atractivos para los académicos y los empresarios de las industrias del entretenimiento, de las “industrias culturales”, que deambulan por el mundo ávidos de renovar el relleno de sus textos ya anunciados en pre-venta. ¿Quiere decir que estos “usos de las CP” revelan que sus gramáticas discursivas no son más que moldeables estrategias del poder? De ninguna manera.  El uso de una práctica cultural como diacrítico social, o como recurso para competir por recursos escasos, no explica la génesis de tal práctica, muestra otros usos posibles de la misma.  Des-cubrir las relaciones de poder mediables por tales marcadores no explica la textura del marcador.
  5. Pero decir las CP en tales textos, relatarlas en el formato disciplinar o en el de los mass media, no es lo mismo que ser de, o identificarse con, una CP.  Los sujetos sociales que se identifican con una práctica, o simplemente la actúan, no se piensan necesariamente con esos textos.  Es cierto que las prácticas sociales pueden entenderse como generadas por las gramáticas de un discurso, como actuación de reglas explícitas o inconscientes compartidas por el colectivo; es cierto que racionalizar tales gramáticas discursivas puede ser una tarea académica para las Ciencias Sociales,  pero pensar que las CP sean sus textos o sus gramáticas, lleva a la confusión.  Decir la CP no es hacer ni ser en la CP.  El desencanto que generó el estructuralismo tuvo que ver, entre otras cosas, con su incapacidad para dar cuenta de los sentidos singulares de las experiencias dinámicas de las CP.  La teoría generativo transformacional, el ápice del estructuralismo lingüístico, tampoco puede dar razón del sentido de la poesía, es decir, de aquellas cosas que hacemos con la competencia lingüística que ella quiere explicar.  Los sujetos, los protagonistas de las CP no se reconocen en los textos con que los científicos sociales dicen y explican las CP.  En las organizaciones etno-políticas de las comunidades indígenas colombianas, que tuvieron como “solidarios” y “asesores” a muchos antropólogos en las décadas pasadas, los científicos sociales han sido desplazados por abogados y los administradores de proyectos, pues sus relatos, sus prácticas discursivas y sociales en torno a las CP, resultan más efectivas para gestionar estratégicamente las identidades culturales en un mundo interconectado, en contextos de lucha por la autodeterminación o la inclusión social a la ciudadanía en condiciones de equidad. La lógica de la razón práctica, al abordar “lo cultural”, parece primar sobre la de la razón crítica o la del positivismo e incluso la de la aproximación humanista. ¿Pero acaso estos abordajes son contradictorios? ¿Qué sistemas de construcción de conocimiento serían los más adecuados para acercarse a las CP? ¿Habrá acaso algún criterio para decidirlo? ¿Por qué la legitimidad de los discursos sobre sí y desde sí de la poscolonialidad han puesto en jaque la legitimidad de las ciencias sociales en su modo de decir las CP?

REFERENCIAS

BARTH, Fredrik (1976) Los grupos étnicos y sus fronteras. México: FCE

GEERTZ, Clifford (2003) La interpretación de las culturas. Barcelona: Gedisa

YÚDICE, George (2002) El recurso de la cultura. Usos de la cultura en la era global. Barcelona: Gedisa


[1] los antropólogos en general saben cómo suelen proceder los que así se llaman, aunque no todos logramos resolver la otra patología de cuna que nos agobia: la esquizofrenia de querer ser científicos sociales, positivistas, “nomotéticos” como los economistas, pero mantener los modos de producir conocimiento de las humanidades, con esa epistemología liminar que se resiste a buscar leyes generales y prefiere darle sentido a las experiencias particulares.

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