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Archive for 28 octubre 2008

OPERACIONES RETÓRICAS (1)

Desde la perspectiva semántico – comunicativa que adoptamos (siguiendo a Oviedo y Bahena) preferimos pensar el plano retórico como una dimensión inherente a todo proceso de significación – comunicación. Se trata de la manera en que ordenamos, en forma de textos, nuestros actos de significación y nuestros actos de habla en orden a la obtención de un propósito social-comunicativo; en este ordenar los textos, se siguen unos patrones social y gramaticalmente reconocibles y aceptables, que garantizarían, o no, el éxito de la comunicación. Así entendida, ninguna comunicación puede prescindir del plano retórico para ser enunciada. No hay algo así como una competencia argumentativa que se desarrolle como un módulo extra para añadir a la competencia lingüística; ella la entraña: el plano retórico hace parte de ella y en cada sujeto de significación es posible desplegar los alcances de la misma de una manera singular.

De este modo, la investigación acerca de la dimensión retórica de la comunicación no podría centrarse sólo la descripción y taxonomía del repertorio de signos disponibles en la “enciclopedia” de la cultura y   el modo en que se usan, pues la dimensión retórica también haría parte de la textura epistemológica de las operaciones psicológicas que producen sentido en el sujeto de significación.  Toda “figura retórica” no solo en el plano prgmático, socio-cultural de uso de los signos, debería su eficacia a una operación cognitiva.  Sobre el asunto habrá que hace un aporte posterior, por ahora, empecemos por ilustrar algunas “figuras retóricas para después hacer la conexión entre operación cognitiva y operación retórica.

Revisemos este “repertorio”:

http://www.slideshare.net/JuditLepratte/operaciones-retricas/

Sobre la claridad (1) Clarificar el sentido de un signo

Clarificar el sentido puede describirse como un ejercicio lógico abductivo  en el que, para un  signo “no claro” (¬cl(Σ)), se propone una regla no prevista, ni brindada por el modelo que tenemos del contexto, pero posible en el lenguaje interiorizado por el sujeto de significación, de modo que en ella el signo produzca algún sentido consistente. Es posible que esta especie de “abducción”  sea un proceso que  sintetiza una cadena de razonamientos inductivos y deductivos que desconocemos, pero ese sería un asunto difícil de probar. Tomemos un caso para ilustrar esto, tomado de la prensa escrita (El tiempo 13 de julio de 2008. Página 1-12.)

PROGRAMA DE LAS ONU SUBSIDIA EMISIÓN DE GASES
NACIONES UNIDAS.  Un programa de la ONU contra el cambio climático subsidió, en India y China, centrales eléctricas que contribuyen al calentamiento global, dijo The Wallstreet Journal. –Efe-

En el texto puede reconocerse una inconsistencia semántica: Si algo se subsidia, quiere decir que se patrocina, se promueve su crecimiento.  Los objetos de subsidio, en el texto, son la emisión de gases y las centrales eléctricas. También dice el texto que las centrales contribuyen al calentamiento global, por tanto, la ONU estaría subsidiando el calentamiento global.  Pero en el texto se dice, también, que la ONU tiene un programa contra el calentamiento y en el marco del mismo se dan los subsidios.  Es inconsistente que se combata algo auspiciándolo. Es obvio: algo anda mal en el texto.  Sin embargo, fácilmente lo resolvemos.  Sabemos, como premisas pragmáticas, que la ONU estaría en contra de acciones que vayan contra la humanidad; sería una contradicción con toda su filosofía y con su rol social que así no fuera.  Sería menos probable que las contradicciones se den en la realidad y no en el texto; por tanto, habría que decir que la nota es, además, inconsistente con la realidad (una conclusión bastante triste para un boletín de prensa firmado por –Efe-)  Si lo que debería ser el texto es una suerte de isomorfismo de la realidad, y en ella no sería plausible que la ONU financiara el calentamiento global, habría que entender que, en el texto, cuando se dice “subsidia emisión de gases” (S) y “contribuyen al calentamiento global” (C), lo que se quiere decir es que ¬ (S) y ¬ (C), esto es, todo lo contrario a lo que se esperaría del sentido del texto por defecto y así desaparecen las inconsistencias semántica y pragmática. Se instaura así una regla de significación para el texto en este contexto particular.  Esto no es del todo extraño:  Ya Wittgenstein había mostrado que “la proposición positiva debe presuponer la existencia de la proposición negativa y viceversa” (TLP. 5.5151)
Lo que ha sucedido aquí es que se ha profundizado en las posibilidades semánticas de las reglas de la Ld usada en este contexto particular, de modo que  con ello se resuelva la inconsistencia del texto, lo cual no quiere decir que el mismo deje de ser marcado como no-claro.

Describir, nombrar y argumentar

No creo que haya un acto de habla descriptivo en el que, quien habla, no exprese también algún tipo de relación con aquello que describe. Dar nombres o atributos, el acto de clasificar, es ya construir un signo (signi-ficar) no para el objeto, sino para el tipo de interacción que se espera, de manera habitual, tener con él o para la relación que se interpreta existe entre un objeto y otro. Si digo de algo “”X es amargo”” se condicionan los juicios, las acciones en relación con ese ‘algo’ nombrado, lo haya probado o no, lo diga en sentido metafórico o no, lo diga para mentir o decir la verdad. En cierto modo, los sentidos posibles de la interacción con aquello nombrado – descrito han quedado limitados a los sentidos que nombra convencionalmente la categoría “amargo”. Si, además, el nombre es un signo que un interlocutor posible reconoce como orientador de sus relaciones con los objetos, entonces decirle a alguien que ‘”X es amargo”’ pone en circulación, en el acto comunicativo, un signo que puede producir relaciones probables (no solo las posibles) en el interlocutor que re-conoce ese signo. Así, al nombrar – describir, se ha influido en las posibles relaciones que un interlocutor puede tener con lo nombrado.
Así las cosas, nombrar y describir serían también actos de argumentación. En muchas oportunidades, una disputa se centra precisamente en la lucha de dos contrarios por lograr el reconocimiento del nombre que éste propone para un objeto o fenómeno: si optamos por llamar al grupo ‘Y “subversivo”’ o “‘narco-terrorista” o “beligerante”’ es mucho más que optar entre nombres equivalentes e intercambiables; se trata de ubicar, en cierta lógica de relaciones sociales y políticas, al grupo en cuestión. En el nombrar y describir se condensan, con formas simbólicas, verdaderos programas ideológicos de inter-acción social.
Podría decirse que el plano retórico de la significación-comunicación no puede ser despreciado ni siquiera en los actos comunicativos más elementales, pero ni siquiera en las funciones básicas de producción del sentido de un sujeto frente a su entorno. Aun cuando no haya mediación de palabra alguna, siempre se produce la semiosis imbuida en lo socio-cultural, en la disputa por el control de la orientación del sentido.

EL LENGUAJE ARTIFICIAL DE LA ACADEMIA



CONFUNDE Y REINARÁS

La retórica del discurso académico tiene sus contradicciones. Si, por una parte pretende que lo que enuncia sea claro, comprensible para cualquier lector adulto, racional y competente, por otro lado, construye sus textos usando un lenguaje artificial, cuyos significados y sentidos solamente pueden ser comprendidos por quienes se hayan iniciado en el mundo académico. Es decir, hay que pertenecer a una comunidad de hablantes que se excluye de las mayorías para ser competente en esa retórica al tiempo que se priva  a los no iniciados de la posibilidad de comprender lo que los académicos dicen. La precisión de aquello a lo que se refieren los vocablos usados en este lenguaje, se logra dando a cada signo un único referente (un objeto o fenómeno debería ser nombrable en este lenguaje con un sólo e inequívoco signo). Ello parece estar en función de evitar los malos entendidos, de erradicar la posibilidad de que una misma expresión cree en la mente del lector una referencia diferente a la que el escritor quiera remitirlo. En otras palabras, pretende que haya una comunidad de usos homogéneos del lenguaje. Pero esta homogeneidad se da a costa de privarse del tipo de uso polisémico que el lenguaje tiene en la comunicación ordinaria; los usuarios del lenguaje académico juzgan los dobles sentidos como un problema para la comprensibilidad de sus discursos y no como una ventaja. Cuando cotidianamente usamos la metáfora, el doble sentido, el humor, o un sentido impreciso, con ello cargamos de sentidos nuestras comunicaciones. Al dejar nuestros enunciados abiertos a la interpretación, vinculamos al interlocutor, activa y concientemente, a la producción del sentido de la comunicación en curso; la polisemia le imprime valor estético al lenguaje, y ello, muchas veces, lo hace aceptable por el auditorio, la valoración del ingenio literario se transfiere al contenido de las expresiones y se gana adhesión al mismo. Los oradores lo saben muy bien. En cambio, los exclusivos usuarios  del lenguaje académico, creyendo ser más elevados que  los poetas al liberarse del pantano engañoso de las evocaciones, pretenden que su lenguaje sea un simple código biyectivo de correspondencias (para cada X un único Y; para cada signo un único referente y un sólo sentido) lo cual, a todas luces, es renunciar a la naturaleza dinámica, y siempre abierta, de la producción social del sentido. Para la muestra, un botón de un colega antropólogo:
“la teoría poscolonial es una intervención que, mediante la historización del locus de enunciación, desestabiliza esa estrategia de otrerización, implosionando la dicotomía de la alteridad propia del pensamiento metafísico colonial” (Restrepo 2004, 25)*
Si estos textos  se escriben para ayudarnos a entender mejor los fenómenos, pero es imprescindible, primero, comprender las convenciones del lenguaje académico para hacernos una idea clara de los estados de cosas en el mundo que éste expresa, estamos ante una forma de significar contradictoria, pues, en realidad, nos distancia de la comprensión de los hechos;  estamos ante una escritura  que obliga a tener por objeto de comprensión el texto mismo, no sus referentes.

*RESTREPO Eduardo, 2004, “Teorías contemporáneas de la etnicidad; Stuart Hall y Michel Foucault“, Editorial Universidad del Cauca, Popayán